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La Historia de la Masonería en México (4)

IX. Los masones mexicanos abrazaron la causa del federalismo con Gómez Farías a la cabeza. Los “anfitiones” (deben ser “anfictiones” ciertos diputados de la antigua Grecia) cuyo Supremo Arconte era el mismo Gómez Pedraza y Vicearconte Manuel Crescencio Rejón, se mostraban  tan moderados y puritanos, que eran una rémora para la marcha de la Nación.

En 1837, gestándose ya la invasión francesa, las Logias del Rito Nacional Mexicano se aprestaron a la defensa, dejando pendiente su tendencia federalista. El clero, siempre oportunista y convenenciero, casi le retiró su apoyo a Bustamante y sus seguidores, masones escoceses. El país había contraído enormes deudas. La invasión, intentada en Antón Lizardo, Isla de Sacrificios, San Juan de Ulúa y Puerto de Veracruz, fue rechazada el 5 de diciembre de 1838 por los masones de las logias de Veracruz y por el vecindario; pero cuando las tropas francesas ya se retiraban, Santa Anna llegó al muelle y así recobró popularidad, reasumiendo la Presidencia de la República, por una licencia que concedió a Bustamante, quien se dedicó entonces a reprimir los brotes federalistas que dirigieron los generales Urrea y Mejía. Mejía, que había sido un militar muy adicto a Santa Anna, fue fusilado en Acajete, Pue., por intrigas de José Ma. Tornel. Ambos eran masones yorkinos. Urrea quedó preso y Gómez Farías fue desterrado. Poco después, Bustamante volvió a suplir a Santa Anna en la Presidencia.

En 1850, una nueva embestida de las Logias Mexicanas en combinación con Urrea, cuya libertad reclamaron, y con Gómez Farías que había regresado subrepticiamente, fracasó rotundamente a pesar de la decidida colaboración del Coronel Falcón. En esa ocasión, ya se había ocupado el Palacio Nacional y se había tomado preso a Bustamante; pero se descuidó la toma de la Ciudadela y del Covento de San Agustín. Los sublevados se disolvieron por falta de parque, Bustamante quedó libre. Fue entonces cuando José Ma. Gutiérrez Estrada propuso en un folleto, que para restablecer el orden, se llamara a un príncipe de casa reinante en Europa y se instituyera una monarquía en México. Repudiado por traidor, Estrada escapó a Cuba; pero años después, se dio el gusto de ofrecer a Maximiliano el trono de México.

XII. Santa Anna, aparentemente retirado del gobierno central, era Comanante Militar en Veracruz, desde donde incitó a los federalistas contra Bustamante, conduciendo sus tropas hasta la toma de Tacubaya. Almonte, Ministro de Bustamante, creyó salvarlo proclamando la Federación; pero ya era tarde. Bustamante tuvo que retirarse y, perseguido por Santa Anna, marchó a Europa. La farsa de una supuesta Junta Consultiva, tuvo al mismo Santa Anna como electo, una vez más, Presidente de la República; y lejos  de restablecer el sistema federal, comenzó a ejercer una franca dictadura a partir de 1841.

El 18 de febrero de 1842, la masoneria mexicana celebró una asamblea general e la que se denunciaron las irregularidades del Dictador, tales como haber falseado la revolución federalista; perseguido a los que no se adhirieron a su ambición retirando la moneda de cobre; ocultar la mala situación del Erario; tomar por leva a artesanos y jornaleros; simular plazas militares que no existían; disimular el contrabando, la corrupción de la justicia mal pagada; y desentenderse de la desmembración del territorio nacional en Yucatán y Tejas. A causa de esta denuncia, las elecciones que tuvieron lugar el 5 de marzo de ese año, para designar electores que debian a su vez, elegir Diputados a un Congreso Constituyente, lograron una mayoría liberal que preocupaba no sólo a Santa Anna que sentía tambalearse la dictadura, sino también al Clero, pues a pesar de que éste tenía grandes resentimientos por habérsele exigido altas contribuciones, por haberse dispuesto de la plata de los Jesuitas, depositada con el Obispo de Puebla, por haberse adjudicado a un tal General Valencia una importante finca de los Juaninos, deciéndole además la administración del Fondo Piadoso de las Californias, el propio Clero temía mucho más que nada, al federalismo triunfante y a la reforma que se avecinaba.

Ante el Congreso Constituyente instalado el 10 de junio siguiente, Santa Anna se atrevió a defender el centralismo; y algunos diputados presentaron un proyecto que conciliaba su postura con el federalismo. El proyecto se retiró y las Logias redoblaron sus esfuerzos en pro del federalismo, apoyados por la prensa. Finalmente, la causa triunfó; Santa Anna, desairado y mal dispuesto, siguió cometiendo abusos y errores contra el federalismo; por ejemplo exigir en Yucatán impuestos de un real por cada canal y otro por cada rueda de coche, arrendar la Casa de Moneda de Zacatecas por 14 años, seguir comprometiendo el honor nacional en Tejas, etc. El 26 de octubre de 1842 se retiró del gobierno y lo entregó a Nicolás Bravo; pero a base de nuevas intrigas, aliado como siempre con las milicias y los clericales, logró que en San Luis Potosí, Querétaro, Puebla y otras entidades, se pidiera la disolución del Congreso Constituyente y que una Junta de Notables fuese comisionada para formular la Constitución aún pendiente. A esto se oponían naturalmente los ciudadanos liberales y las milicias cívicas, en cuyo seno figuraban los masones. Muy vacilante, el Presidente Nicolás Bravo, atemorizado además por los levantamientos que propiciaba el Ministro García Tornel, por Decreto del 19 de diciembre de 1842 disolvió el Congreso y designó la susodicha Junta de Notables, contra toda protesta del propio Congreso presidido por Francisco Elorriaga. El 6 de enero de 1843, la Junta se constituyó en Nacional Legislatura, presidida por aquel General Valencia, favorecido de Santa Anna. Se alegó airadamente que esa Legislatura no representaba al Pueblo y, por lo mismo, carecía de toda facultad legal. No obtante, habiendo sido hechos prisioneros los dirigentes liberales como Gómez Pedraza, Mariano Otero, José Ma. Lafragua y otros, Santa Anna relevó al Presidente Bravo; y volvió, el 5 de mayo de ese año, a gobernar dictatorialmente.

El 24 de junio de 1844, fecha en que los masones se disponían a celebrar la fiesta de su orden, se vieron atacados agresivamente por el gobierno. Se les clausuró la imprenta de su propiedad, en la que se editaba el periódico llamado “El Diablo Cojuelo” (tal vez aludiendo a la cojera de Santa Anna); y se apresó a muchos de ellos. No obstante, el periódico siguió apareciendo con gran extrañeza de sus enemigos.

Ante esas y otras mayores arbitrariedades, el Gral. Céspedes se pronunció en la Acordada, secundado por el Gral. Paredes en Guadalajara. Los militares que debieron defender el Palacio Nacional, bajo las órdenes del Gral. Canalizo, defeccionaron, secundando el movimiento llamando para que se hiciera cargo del Gobierno, al Gral. José Joaquín de Herrera, quien restituyó el Congreso Constituyente. Estos acontecimientos entusiasmaron al pueblo; la estatua de Santa Anna que se alzaba en el Mercado, fue derribada, así como el monumento que contenía su píe; y se quemaron sus retratos. Pero no obstante la caída del dictador, los masones no estaban de acuerdo con el pronunciamiento del Gral. Paredes.

De la Historia de la Masonería en México, escrito por José María Mateos.
Resumen por Ma. Luisa Gómez S. y Celia C. de Atayde

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